Desde la enfermería escolar queremos dar algunos consejos y pautas para ayudar a los mas pequeños a superar este trance, y tener presentes posibles señales de alarma que con la situación en la que nos encontramos por el Coronavirus, es normal que, incluso niños sin estar viviendo un proceso de duelo, puedan tener esa sintomatología. 

El duelo infantil es muy diferente al adulto, y varía en cada niño y en cada edad. Es un error frecuente y lógico que como progenitores queramos evitarles dolor, limitar o retrasar la noticia, o ocultar nuestras propias emociones negando el impacto de la muerte. Esto no ayuda, al contrario, impide al menor expresar sus propios sentimientos y puede favorece la aparición de psicopatologías futuras.

Cada uno lo vive de forma única.

Creemos que protegiéndolos de la muerte les ahorramos sufrimiento, pero es todo lo contrario; si los niños crecen sin exponerse al sufrimiento, serán más propensos a la frustración y no desarrollarán las habilidades necesarias para afrontar situaciones similares.

La clave está en el apoyo de familiar y de su entorno directo y en observarlos para decidir en cada momento qué pasos son los adecuados.

 

¿Qué podemos esperar? (Fases)

Las fases del duelo infantil son muy similares al duelo en adultos, es la manera de manifestarlas la que cambia con la edad. Debemos conocer qué es lo normal, para estar alerta a señales de alarma como síntomas de depresión, dificultad para dormir, entre otras señales o consecuencias que prolongadas y persistentes en el tiempo podrían ser indicador de un mal duelo.

Aunque es importante no patologizar un proceso que es natural, no dude en pedir ayuda a un pedagogo o un psicólogo que actúe como apoyo.

 

El duelo según la edad

Según la etapa madurativa del niño, la manera de entender el concepto de muerte y la forma de expresar su duelo varían.

Primera infancia (hasta 3 años): no comprenden el concepto de muerte, pero sí el de abandono o separación. Ante la ausencia, presentarán inicialmente reacciones de llanto, inquietud y actitudes de alerta que darán paso a un estado de apatía.

Infancia (entre 4 y 6 años): tienen un concepto limitado y/o creen que es algo provisional o reversible, por lo que es necesario reiterarles lo ocurrido y su significado con un lenguaje claro y sencillo. Aparecen conductas de regresión (enuresis, succión del pulgar), angustia, miedo a morir, perplejidad (preguntan reiteradamente por el fallecido, sobre cuándo va a volver), negación de la realidad, aislamiento y ambivalencia (parece no afectarles la pérdida y responden con preguntas o afirmaciones inadecuadas). Suelen sentir rabia por el abandono y lo expresan proyectándola hacia sus familiares y mediante juegos agresivos, travesuras, irritabilidad, o pesadillas.

Niños (entre 7 y 12 años): ya se diferencia la fantasía de realidad, y pueden aparecer sentimientos de culpabilidad, aunque ya pueden tener habilidades para comprender, no así para afrontarla adecuadamente. Entre las respuestas adaptativas más frecuentes se encuentran la negación con agresividad o euforia para aislarse del dolor, idealizar al fallecido, miedo y vulnerabilidad enmascarada en hostilidad, y la asunción de un rol adulto.

 

Por desgracia en esta crisis, el duelo y la anticipación del duelo, o duelo anticipatorio, se convierte en un constante, , tienen el potencial de afectar de igual forma en la vida familiar y desarrollo emocional del menor o adolescente, lo cual puede empeorar con la situación actual de aislamiento forzoso. De ahí la importancia de la preparación previa.

 

Adolescentes: a la situación de pérdida se le añade la superación de los cambios y conflictos propios de esta etapa madurativa. La necesidad de aislarse, inseguridad personal o sentimientos de culpa, o renunciar a vivir o aplazar su propio duelo son comunes, así como rabia, miedo e impotencia, pudiendo aparecer incluso ideaciones suicidas. También es normal el insomnio, abandono escolar, pérdida de amistades, baja autoestima, o asumir conductas de riesgo, falsa apatía, depresión y ansiedad.

 

Cómo ayudarles
  • No retrasar la noticia. 
  • Que participen del duelo. 
  • Cercanía y empatía. 
  • No esconder el propio dolor.
  • Animarlos a hablar.
  • Permitir vínculos afectivos.
  • No regañarles por su comportamiento.
  • Recuperar las rutinas.
  • Fomentar la socialización. 

Descargue nuestro Apunte de Salud completo para más detalle, y esperamos de corazón que os sirva de ayuda.

Podéis contactar con vuestra enfermería escolar si lo necesitáis en cualquier momento.

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